El regreso de los jesuitas

Carlos III expulsó a los jesuitas de España y sus dominios en 1767. Presionó tanto al Papa que en 1773 la bula de Clemente XIV la extingió. Antes habían sido expulsados de Portugal y de Francia. Sólo continuaron existiendo en Rusia, sin ser reconocidos por el Vaticano.

Carlos III expulsó a los jesuitas de España y su imperio
El Papa extinguió a la Compañía de Jesús

Ironías del destino: en 1814 Fernando VII, nieto de Carlos III, presionó a Pío VII para que restaurara la Compañía de Jesús. El Papa lo hizo por decreto. El rey confirmó a la Orden en 1815 y en 1816 mandó a algunos de sus miembros de regreso a Nueva España. Los 15 recién llegados se dieron a la tarea de reactualizar su tradición y su ideario, pues venían a auxiliar al rey con el objetivo de evitar la expansión del liberalismo.

Pio VII restauró a la Compañía de Jesús
Fernando VII restauró a la Compañía de Jesús

Así, los jesuitas llegaron como defensores de la restauración del “antiguo régimen” y el absolutismo, a favor de la abolición de la Constitución de Cádiz de 1812, el regreso de la Inquisición, la anulación de la libertad de prensa y la persecución y aniquilamiento de los insurgentes. Además, deberían luchar contra el “materialismo”, el “deísmo”, la “irreligión” y el “enciclopedismo”, por mencionar algunas de las ideas y creencias subversivas de moda.

El 19 de mayo de 1816, se llevó a cabo la ceremonia del regreso al antiguo Colegio Real de San Ildefonso. Aplaudieron gustoso el virrey Calleja, el arzobispo electo de México, Pedro José de Fonte y la muy adinerada familia del obispo de Durango, Juan Francisco de Castañiza y González de Agüero, que aportó los recursos económicos para que el deseo de su majestad se hiciera realidad y regresaran de Italia los sacerdotes sobrevivientes de los expulsados 49 años atrás y otros más. Ese mismo día se inauguró el noviciado para formar a los nuevos jesuitas.

Las solicitudes para su restablecimiento en Puebla y Durango llegaron de inmediato. El templo poblano de la Compañía volvió a sus manos a fines de 1819 y a Durango llegaron al Colegio de San Ildefonso.

Todo iba a pedir de boca. Incluso empezaban a recuperar temporalidades, o sea sus bienes, y los 15 jesuitas de 1816 eran ya más de 30 en 1820, año en el que en España el movimiento liberal representado por el Coronel Rafael del Riego, de las tropas destinadas a ir a fortalecer la Corona el Buenos Aires, le impuso a Fernando VII la Constitución de Cádiz, iniciando así en marzo el Trienio Liberal y una división profunda dentro de la Compañía de Jesús y en las sociedades de España y sus ahora Provincias, que ya no Virreinatos, en América. Unos pensaban que el verdadero pensamiento jesuita era liberal y se avenía muy bien a la Constitución de Cádiz y otros que deberían seguir siendo el dique que detuviera al liberalismo.

La Gaceta del gobierno de Madrid del 15 de agosto de 1820 informó a los novohispanos que las Cortes habían “decretado otra segunda extinción de los jesuitas.” A diferencia de la vez anterior, los movimientos en su defensa fueron inmediatos:. el sonorense Juan Miguel Riesgo escribió su Justo Reclamo de la América a las cortes de la nación, subrayando los grandes beneficios que produjeron los jesuitas como educadores, humanistas, misioneros, exploradores y fundadores de poblaciones. Por otro lado, un grupo de más de 1,400 poblanos suscribió una larga disertación acerca de por qué la Compañía no debía ser suprimida.

La orden de exclaustración tan anunciada y temida o deseada, llegó en enero de 1821. Por bando del Jefe Político de la Nueva España, antes virrey Apodaca, se hizo público el mandato. Así, los jesuitas salieron e hicieron entrega del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y del seminario de San Ildefonso.Los jesuitas del Colegio de Puebla salieron para México el mismo día 23 de enero. El Colegio de San Gregorio fue entregado desde la noche anterior y en febrero llegaron los de Durango. En total el número de los jesuitas exclaustrados de los tres colegios era de 38, novicios incluidos.

Mientras tanto, el 24 de febrero de 1821, Agustín de Iturbide proclamó el Plan de Iguala con sus tres garantías: religión, unión e independencia de la Nueva España. Entre otras cosas por “la indignación que a todos los sensatos había causado la supresión de las religiones hospitalarias y de la Compañía de Jesús…”

Los jesuitas no salieron de Nueva España. Vivieron años de incertidumbre y desconcierto, fuera del orden legal y sin posibilidad de vivir en comunidad. Es posible que apoyaran al grupo que rechazaba a la Corona del Trienio Liberal. Consumada la Independencia esperaban su pronto restablecimiento apoyados en uno de los artículos del “reglamento provisional político del Imperio Mexicano” del 18 de diciembre de 1821. Tras declarar la abolición de la Constitución española y que los súbditos de la nueva nación profesarán “la religión católica, apostólica, romana con exclusión de toda otra”. “El clero secular y regular, será conservado en todos sus fueros y preeminencias”, estableció con claridadel artículo 14 del Plan de Iguala.

En contra de lo esperado, los jesuitas tuvieron dificultades para obtener su reestablecimiento. La Junta Gubernativa del Imperio Mexicano lo consideró asunto no urgente. En 1821 y 1822 apareció en prensa una copiosa literatura jesuítica y otra antijesuítica. Unos los llamaban “ojo lúcido” y otros representantes del “retroceso”.

En 1823 el Plan de Casamata encabezado por Antonio López de Santa Anna derrumbó al Imperio de Iturbide. La urgencia de hacer una constitución federal para 1824 y la pobreza de las arcas nacionales desviaron el tema de los jesuitas hacia la cuestión de la venta y subasta de sus temporalidades o sus bienes y edificios, lo que llevó a la discusión sobre si el gobierno mexicano debía asumir las obligaciones y derechos de la Corona en el Patronato Indiano o abolirlo. Este aspecto, maró en gran medida el conflicto en las relaciones entre la Iglesia y el Estado, las luchas entre Conservadores y Liberales y el deseo de muchos de establecer una iglesia mexicana que restara poder económico a Roma.

Tras incontables discusiones y problemas, en junio de 1843 Antonio López de Santa Ana decretó que podrían establecerse misiones jesuíticas en los Departamentos de California, Nuevo México, Sonora, Sinaloa, Durango, Chihuahua, Coahuila y Texas, lo que dejó insatisfechos a los partidarios de los jesuitas. De todas maneras, antes de los dos años cayó el gobierno de Santa Anna.

De 1845 a 1853, México vivió un periodo muy crítico, tanto en el ámbito político interno como por la invasión estadounidense. En 1849 se presentaron nuevas solicitudes para restaurar a los jesuitas. En Chihuahua se expidió un decreto en el que se manifestaba el deseo “de tener misioneros” que pudieran “aplacar el furor de los Indios bárbaros” que desolaban “continuamente aquel Estado”. Lo mismo en Durango y Querétaro había excelente disposición en sus congresos estatales para restablecer a los jesuitas, sin conseguir nada definitivo debido al peso que tenían los liberales.

Algunos estados querían contar con los jesuitas

En septiembre de 1853 Santa Anna volvió a la presidencia. Expidió un decreto para que se dieran todas las garantías legales a fin de que se restableciera a la Compañía de Jesús, entonces con 9 miembros, a quienes se les dieron algunos colegios. Sin embargo, en 1855 la revolución de Ayutla evaporó rápidamente sus sueños y cerró sus escuelas.En 1873, Sebastián Lerdo de Tejada, expidió un nuevo decreto de expulsión de los jesuitas, en especial de los extranjeros.

Así, entre estiras y aflojas, las relaciones Iglesia-Estado y la existencia legal de los jesuitas acabaron institucionalizándose entre 1991 y 1992 cuando el Presidente Carlos Salinas de Gortari y el Legislativo de entonces dotaron de un marco normativo a las iglesias en México e hicieoron operativa la constitucionalmente aceptada libertad de cultos.

Todas las imágenes son de Wikipedia.

Juan Álvarez y
Sabastián Lerdo de Tejada no querían jesuitas
Salinas de Gortari dotó de un marco normativo a las iglesias

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